Intervención de MARTA MARCO ALARIO en el Foro del Oyente de la Fundación Siglo Futuro.

FORO (9)

INTERVENCIÓN DE MARTA MARCO ALARIO EN EL FORO DEL OYENTE DE LA FUNDACIÓN SIGLO FUTURO

CAMPUS UNIVERSITARIO, 3 DE FEBRERO DE 2018

 

“NUNCA GANARÉ EL PREMIO NOBEL”

“¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?”.

Poesía… poesía es lo que queda en un texto después de haber eliminado todo lo que no es poesía. Así lo entendió Juan Ramón Jiménez. “La poesía es el encuentro después del hallazgo” dejó escrito en algún lugar años después.

César Vallejo dijo “Un poema es una entidad vital mucho más organizada que un ser orgánico en la naturaleza. Si a un poema se le mutila un verso, una palabra, una letra o un signo ortográfico, muere.”

Octavio Paz, por su parte, escribió: “La poesía es conocimiento, salvación, poder y abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior”.

Y ahora, cuando ya parece que nos acercamos a saber qué es poesía de la mano de Juan Ramón, de César Vallejo y de Octavio Paz, lanzo al aire la siguiente pregunta: ¿qué habrían contestado la docta Zenobia Camprubí, la genial Georgette Vallejo o la luchadora Elena Garro, todas ellas escritoras, a la pregunta de Bécquer? Y pienso que ellas, la que huía a una insoportable azotea de Moguer para transcribir en su máquina los poemas que su marido, el Premio Nobel, había creado; la que guardó toda la obra manuscrita de su esposo, “el poeta universal” y la difundió escrupulosamente para que su legado quedara en la tierra; o la que no solo era la esposa de Octavio Paz, otro Premio Nobel, sino que además era guionista, periodista, dramaturga, cuentista y novelista; responderían: “¿Y tú, mujer, tú me lo preguntas?”

Yo, mujer, no tengo claro qué es poesía, pero tampoco me preocupa. No creo que su significado deba ser delimitado cuando ese algo nos gusta, nos llena, nos emociona, nos remueve, nos revuelve y nos conmueve. Tal vez, la poesía no sea… sino que sirva. Y es que yo, mujer, la uso cuando al pensar en mi hijo, pienso:

Qué difícil es sostener el peso de tu miedo
en el hilván de mi sonrisa.
Qué angustioso se torna tu mirar
cuando en tus ojos adivino sombras
que oscurecen las verdades oscuras.
El pasado asoma bajo la línea de tus pestañas
y disimulo el temblor que se me agarra a las rótulas.
Quiero azorar el fuego que calienta tu corazón
y ser hoguera  en tus desconciertos fríos;
quisiera  poder sobrevolarte
y posarme en tus crispados pensamientos
para llenarlos de alas que al final
se despliegan en la plácida calma
a la que haces brotar desde los recuerdos
que se te enrabietan en airadas palabras
que sucumbirán a tu propia razón
demostrando al mundo que desinteresadamente habitas
que las poderosas olas de tus mares en calma
respiran siempre espuma de colores
de millones de mojadas alas de mariposa.

Y porque yo, mujer, cuando entre  apuntes, entre libros, entre exámenes, entre trabajos, entre leyes, entre pucheros, entre hilvanes, entre desvelos y entre dosis de paracetamol y levotiroxina, me paro y me miro, y me doy cuenta de que:

De repente soy menos materia
que antes de leerme y pensarme.
Paro a contemplarme
con solo la mitad de mi atención
y dudo haber descubierto
la mitad de mi realidad.

Pieles de naranja sobre mis muslos
que saben a arroz con leche.
Dulce canela en rama.

Cicatrices enraizadas en una de mis rodillas.
Regaliz negro.
Tardes eternas de primavera.

Dedos en mis pies
que dibujan mundos y los sostienen.

Un vientre voluble. Variable y moldeable.
Envidia de praderas y de yermos.
Envidia de flores y pastizales.

Sonrisa certera, sincera y amplia
que desvela una naturaleza

reflejo de otra que

escondida yace en la calma

del regazo de su propia conciencia.

Vigilante. Atenta. Me espío.
Descubro que el pequeño trozo de materia
que habito, nutro, cuido y pueblo
cicatriza toda una vida
con magistral destreza partera.

Juan Ramón Jiménez nunca supo lo que era un parto, tampoco lo supo Octavio Paz, y tampoco César Vallejo; tampoco supo Rubén Darío lo que era un nenúfar hasta que el otro se lo enseñó en el estanque del Retiro, pero este desconocimiento no le había impedido nunca describirlos de forma brillante. Tampoco supo nunca lo que era un parto Gabriela Mistral y nos lo lloró en múltiples poemas; ella, en cambio, sí supo lo que era un Premio Nobel. Leerla a ella es una especie de dolor, o un otoño eterno, como si hubiera anidado en ella:

Se me ha instalado el otoño en los bronquiolos.
Revolotean cientos de hojas amarillentas
dentro de un esternón que cada día amanece
más frágil, atribulado y sumiso
y se me enredan todas cansadas en las costillas.

Los vencejos ya no trinan.

Polvo y arena en remolinos juegan en mi faringe
y no me quedan ni de flaqueza fuerzas para toserte.
Escarcha y sol en mañanas que filtran su luz
y rayan con ella este ocaso que me dura dos veranos,
entre los pulmones, entre los dedos, entre los ojos,
entre las axilas, entre los humedales, entre los pechos
y ante y entre el frío de quien llora rutina
y no sabe por qué porque en el fondo,
ser otoño eterno es como vivir en un ocaso eterno
sentada en el banco que se ancla en el horizonte
y en cuyo brazo se desdobla una manta de cuadros,
con las uñas, los ojos y los labios pintados,
con boina, bufanda, abrigo de paño y flor en la solapa.
Y si me pilla el invierno, que me pille pertrechada.

Es invierno. Y

Hay una distancia que ilumina las sombras.
La misma que acerca el atardecer de tu mirada
al horizonte de mi gratuita y certera sonrisa.
Aquella que levantaba muros de ladrillo y hiedra
para luego derribarlos a golpe de hacha y carcajada.
Hay una lejanía profunda y honda en tu hondo mirar
y un crepitar de campo que me está ensordeciendo.

Me estremece la hondura de tu distancia
y atenaza de hielo y recuerdos, nudillos y corazón.
Hay una fría verdad entre tu palabra y mi trinchera.
Hay una hondonada de arena y pasado en mi cocina
y kilos de luz que tu singladura le impone cada tarde
mientras cocino reproches al vapor bajo el ventanal
que, lleno de relejes, mira cansado y débil al oeste.

Hay una distancia que acecha entre las sombras.

A pesar del frío, a pesar de las sombras que siempre me acechan, a pesar de ser mujer en un mundo que sigue perteneciendo solo a algunos hombres, me aferro a la ilusión y así,

Vivo colgada en el árbol de la ilusión.
Sostenida por la urdimbre
con la que se tejen los sueños.

Enmarañada en las incertidumbres
que pesan en mi espalda.

Anudada a las pesadillas que apagan
el brillo del polvo de las estrellas
por el que caminan mis pies descalzos
cuando los niños se abandonan
al dulce mecer de los brazos de Morfeo.

Encandilada por la melodía del mar en calma.

Vivo colgada en el árbol de la ilusión.
Escuchar sus risas incansables
sin que el hilo de plata y mercurio
que me ata viva a la tierra
tire del pie desde el que me tiene asida
y me vuelva arena dorada
antes de haberles dejado
por herencia infinitas vistas del mundo
desde el mismo balcón
desde el que hoy los contemplo
y tejo, con el hilo de la memoria,
nuevas incertidumbres
para enmarañar en mi espalda.

Y nuevos sueños
para que esas turbaciones
nunca descosan mis costillas de mujer

ni rasguen mi obra en su urdimbre.

 Y aunque haya veces en las que ni siquiera la ilusión o la confianza en mi obra parezcan tener ganas de empujarme a seguir, yo

Escribo mi nombre con letras de sombra y agua.
Dibujo mis miedos con pinceles de noche y sal.
Tarareo mis recuerdos en cálidas claves de sol.
Deletreo mis ilusiones con rúbricas de oro y luz.
Reclamo mi futuro a las estrellas
con fuerza de ámbar y asombro.
Reivindico mi presencia
con tesón de turmalina,

con arraigo de nogal.

Imploro una paz sin batallas.

Y mil palabras.
Auguro días llenos de noche con pájaros oscuros
y noches que se arrellanan en grillos metálicos.
Presiento palabras que cuelgan lánguidas a media asta
y sones sin himnos que emanan de cálices vacíos.
Relumbra a lo lejos el cainismo patrio.
Resuena a lo lejos el ladrido de los perros.
Retumba  un tambor.
El muchacho, al borde de la tapia, cae al suelo.
El olor de la sangre inflama el aire
y el dolor seco de una madre que llora.

Y yo escribo mi nombre con letras de sombra y agua.

Y mientras se desvanecen

siento la aspereza de la soga
desecándome la garganta,
vaciándome de palabras
y asfixiando mis ansias de paz.

Pido la paz, aunque sea sin palabras.

Solo desde la reivindicación de la paz, desde la solidaridad y desde la confianza en lo bueno que el ser humano encierra, podremos avanzar; esto no es solo cosa de esta poeta, esto, esto viene de lejos, viene de aquí:

“Sólo tres letras, tres letras nada más, sólo tres letras que para siempre aprenderás. Sólo tres letras para escribir PAZ. La P, la A y la Z, sólo tres letras.” Tampoco recibió un Premio Nobel, tal vez, no lo recibió porque no solo cantó a la paz de esta manera, también la cantó de esta otra:

“Los abetos del bosque piden palomas, de puntillas se empinan sobre las lomas, a ver si vienen… Los chopos del pradillo, chopos dorados, se empinan por si vuelven… No vuelven los soldados. Por tierras de Teruel se quedaron helados. El Ebro sabe mucho de muchachos ahogados. Y la tierra, no sabía qué hacer con tanto precoz muerto. Y no os vale de nada que os recuerde que queríais vivir. ¡Bien lo recuerdo!”. Por cosas como estas es por lo que a uno, o a una… no le dan el Premio Nobel.

Y esta sabe que nunca se lo concederán porque la suerte es:

La suerte es que un camarero borracho

te ponga un hueso sin aceituna en tu dry Martini.

La suerte es que la única nube que la tipa del tiempo

coloca en su holograma… me llueva a mí de camino a Velilla

el día después de haber lavado el coche.

La suerte huele a sal. Y a limón.

Y al camarero borracho que se está bebiendo mi tequila

en un vaso mal fregado,

Suerte es saltar en un charco con botas de agua rotas.

Que te regalen una Nikon que solo fotografíe sonrisas.

Que diez años después… te siga valiendo el traje de novia.

Que diez años después… no te valga la lencería

de la noche de bodas.

Pero también es cierto que a pesar de una cierta mala suerte, cuando esta, la que no espera un Premio Nobel, ha puesto una lavadora, una secadora, ha planchado, ha preparado el puré de hoy, el de mañana y el del jueves, se mira a sí misma, olvidándose de su ombligo, se da cuenta de que su santo y seña, es algo así como:

Permaneceré abrazada a mi árbol
aunque me lluevan piedras
y esquirlas de cristal de polvo de estrella
me aguijoneen la piel de las mejillas.
Aunque me arranquen las pestañas
y pinten con ellas un cielo enrabietado
o un mar embravecido con todos sus peces dentro.

Sin tela ni mástil defenderé mi bandera,
cosida con las hebras que yo misma
hilvané en un mar de principios
llorando una llanura de invernales prímulas.
Amapolas y violetas.

Cosí mi bandera con hilo de escrúpulos.
La cosí con el tesón de la nobleza
y con la firmeza de la libertad.
Cosí mi bandera sin tela.

Resistiré en mi trinchera,
junto al ruido que hacen mis pensamientos,
junto al trino de mis pájaros,
junto al sosiego de mis convicciones,
con los dedos ensangrentados
y las uñas desportilladas,
con el corazón encendido
y los ojos húmedos,
con el tuétano vívido de emoción
y la alegría intacta,
con la pena sin usar
y la risa gastada,
desencajadas las mandíbulas
y el estómago colmado de larvas de mariposa.

Le cantaré a la vida, feliz, pletórica,
cascabelera, dichosa, ufana,
alborozada, jubilosa, vivaracha.
Desde mi trinchera.
Y en mi óbito diréis: “Resistió”.

Y yo abrazaré mi árbol…
aunque me lluevan piedras.

Y es que, a pesar de las piedras, esta trinchera resulta confortable y me permite, no solo educar al niño con el que se abrió este recital, sino también a la que casi lo cierra, porque querida, hija, mía:

Hay una fría y sonora verdad

entre sus palabras y nuestra trinchera.
Hay un ruido ensordecedor

entre el mundo y el que habitamos.

Hay libros llenos de grillos

y cabezas repletas de luciérnagas.

Hay almas que se derraman sombrías

y brazos que no saben abrazar.

 

Hay políticas para sordos,

sordos que no quieren ver

y ciegos que no quieren oír.

Hay trapos en algunas ventanas

y mucho polvo que limpiar.

 

Hay rayuelas que ansían tus brincos

y pájaros que mueren por tus carcajadas.

Hay poetas en los bares

y bares que pintan bastos.

¡Ay!

Un cantautor.

Una rana.

 

No hay príncipes.

Y si los hubiere, que esperen,

que a esta,

a esta la están peinando

mientras acaricia a la rana

en nuestra trinchera.

Y a la otra mujer que habita y deambula por mi vida, a ti, madre querida, a la que tanto preocupa que no diga, que no haga, que no enseñe, que no muestre, que no sueñe, que no insulte, que no deteste, que no largue… nunca de más… tampoco te van a dar nunca ningún premio Nobel, ¿cómo habrían de dárselo a la mujer, conductora, autónoma, independiente, docta, ilustrada, sabia e intrépida maestra que allá por el año 1972 tuvo que obrar de esta manera? No, mamá, a mí no me darán el Premio Nobel, pero a ti, tampoco; puede que yo me desnude cada vez que escribo poesía y puede que se me vean el plumero y el culo, pero es que, de casta le viene al galgo:

1972

La maestra tiene veintidós años. Es destinada como propietaria provisional a la Escuela Unitaria de Utande (Guadalajara). Tiene como responsabilidad la educación y enseñanza de veintiséis niños de entre tres y diez años. La maestra tiene en su mano y en su memoria la implantación de la Ley Villar Palasí, que se ponía en marcha bajo la forma de la llamada Educación General Básica.

 

La maestra llegó a Utande en su Seat 600 y aquella fue la primera vez que en Utande ocurrían tres acontecimientos enlazados: una mujer, la maestra  y su propio coche. Además, la maestra no se quedaba “de patrona”, sino que llegaba todas las mañanas con sus vaqueros acampanados y sus polos de cuellos recién planchados  y se iba todas las tardes, pasadas las cinco de la tarde. En su Seat 600. Ella sola.

Lo primero que hizo la maestra el día que se incorporó a su destino fue presentarse al señor Alcalde para que este le indicara dónde se encontraba la escuela.

La escuela era una única sala. Una habitación, con una pequeña leñera aneja. Estaba justo en la plaza del pueblo. En el centro de la plaza, había una fuente. Y a lo lejos, la iglesia, con un campanario.

Cuando la maestra recogió a sus alumnos en esa fuente y se encaminó con ellos hacia la clase, la abordó la señora Carmen, la vecina, para ofrecerle su casa y todo lo que pudiera necesitar.

Todos los días, después de comer, la maestra conducía su coche unos cuantos kilómetros. Lo suficientemente lejos del pueblo como para poder orinar sin ser sorprendida por ningún vecino.

Una mañana de primavera, un tremendo retortijón sacudió el intestino de la maestra. Supo que no podría aguantar. Fue uno de esos retortijones que te hacen ver toda tu vida como un fotograma. Tampoco podía dejar a los niños solos. La señora Carmen, aquella mujer que amablemente le ofreció su casa a la maestra, era la solución. Cogió a todos los niños y se fue a tocar la puerta de la señora Carmen con los nudillos. La vecina abrió. “No se apure usted. Venga conmigo”. La señora Carmen se recogió el delantal en la cintura mientras en él se secaba las manos chorreantes, cogió una llave enorme que tenía colgada detrás de la puerta, la cerró e indicó a los niños que se quedaran jugando en la plaza. La maestra comenzó a andar detrás de la amable vecina.

  • ¿Adónde vamos, señora Carmen?
  • ¡Pues adónde vamos a ir! ¡al corral!

La maestra se quedó petrificada. Siguió andando detrás de la señora Carmen. Y detrás de ellas, todos los niños de la escuela. Canturreando, trotando, felices. Y así fueron tras ellas durante todo el interminable camino hasta el corral.

La señora Carmen abrió la puerta del corral con la llave de hierro que había cogido de detrás de su puerta. Me invitó a pasar y les dijo a los niños: “Y vosotros os quedáis aquí conmigo esperando a la maestra”. Y allí se quedo la maestra. “Sola”.

La maestra echó un vistazo al corral. El retortijón se le había enquistado. No sabía dónde ponerse. Desde cualquier bajotejado podrían verla. Incluso desde el campanario de la iglesia.

 Cuando la maestra salió, los niños volvieron a colocarse detrás de ella como si nada. Como si la maestra no volviera de hacer lo que había hecho. Los niños se colocaron detrás de su maestra como si ella hubiera hecho lo que todos los habitantes del pueblo hacían a diario de forma absolutamente natural.

La maestra de provincia aprendió aquella primavera del setenta y dos una lección vital: si en 1972 eres mujer, maestra y conduces tu propio 600 durante kilómetros para dar servicio a unos niños que merecen una educación de calidad… ¡tienes que aprender a cagar en un corral!

“¿Qué es poesía? Y tú me lo preguntas”.

Marta Marco Alario.

3 de febrero de 2018.

 

Nota/  Los fragmentos de los poemas están publicados de forma íntegra en El libro de los estorninos, editado por AACHE y de venta en la librería LUA. Hay también fragmentos de un poemario inédito que verá la luz en cuanto sea posible.